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jueves, 15 mayo 2008 @ 07:05 CEST
   

El Blanco de los ojos y la naturaleza del ser humano

SociedadSe ha discutido mucho sobre como es la verdadera naturaleza de la especie humana, pero en el aspecto de si somos o no, egoístas o violentos por naturaleza, hay un detalle tan simple que parece asombroso que no hayamos reparado antes en el: Los humanos somos con diferencia los mamíferos con mayor superficie esclerótica, en ninguna otra especie el blanco de los ojos es tan amplio ni tan visible, sólo nos siguen de lejos otros primates. Esto es así por que los primates somos criaturas fuertemente visuales: los ojos juegan un papel primordial en las interrelaciones humanas como mecanismo para comunicarse y transmitir emociones. Si contemplamos los ojos de otros mamíferos, comprobaremos que apenas muestran su esclerótica: los ojos de un perro son casi una bola negra. En palabra de los etólogos, esto es así debido a un mecanismo de defensa. El blanco de los ojos constituye un elemento delator que permite al enemigo deducir cual es la intención del animal. Esto explica porqué ocultan su blanco de los ojos.

A lo largo de la evolución, los humanos hemos perdido esta protección ocular en beneficio de la comunicación visual y la sociabilidad, hasta el extremo de que exhibimos el blanco de los ojos sin miedo a delatar nuestras emociones, cosa que puede llegar a ser nada beneficiosa si verdaderamente viviésemos dentro de una sociedad con individuos egoístas y violentos. Unos ojos grandes con una esclerótica inmaculada atraen la mirada como dos potentes imanes. Gracias al blanco de los ojos podemos seguir con claridad la dirección de la mirada de otro aunque no esté moviendo la cabeza, y eso nos ofrece posibilidades de información y de comunicación inaccesibles para cualquier otra especie. Por ejemplo, en ciertos experimentos ha podido comprobarse que un chimpancé puede distinguir el objeto en el que un ser humano está centrando su atención sólo si la cabeza de éste apunta al mismo lugar que su mirada. Mirar algo de soslayo, como si no estuviéramos mirándolo, resulta ser un gesto que solo los humanos somos capaces de realizar y de reconocer fácilmente en otros individuos.

En una criatura social como es la humana, la superficie facial constituye la principal seña de identidad del individuo, así como una herramienta esencial para el reconocimiento de nuestros congéneres y las relaciones. Después del lenguaje verbal, las expresiones del rostro conforman el sistema de comunicación más completo para la manifestación de los sentimientos y los estados de ánimo. Incluso, la información facial es considerada por algunos expertos como más fiable que la palabra, ya que con ésta se puede mentir y disimular más fácilmente que con los gestos.

La mímica facial permite representar gráficamente cualquier estado emocional. La ira, la alegría, el dolor, el desengaño, la ilusión, la decepción, el miedo, la sorpresa, el amor, el espanto, la burla, el odio… tienen su representación en la cara. Podemos asegurar sin miedo a equívocos que el ser humano es capaz de expresar con su cara tantas emociones como puede experimentar. El abedecedario de este lenguaje son los ojos y todo su entorno –los párpados, las pupilas y las cejas–, la frente, la nariz, la boca, las mejillas e incluso cada pliegue cutáneo y los cambios de color de la piel. El menor gesto facial puede delatar nuestras intenciones.

Se dice de las personas muy expresivas que “hablan con los ojos”, pero en esa metáfora parece que está contenida una profunda verdad evolutiva: gracias al blanco de los ojos nuestra especie desarrolló posibilidades de comunicación muy sofisticadas que eran todavía más cruciales cuando el lenguaje aún no existía, o cuando estaba en una fase demasiado rudimentaria como para permitir informaciones muy precisas: indicar silenciosamente un peligro, o la posición exacta de un alimento. Sin el juego de las miradas no habría seducción, ni se habrían escrito una gran parte de los mejores y de los peores poemas, ni el cine nos gustaría tanto.

En definitiva el blanco de lo ojos no hubiera evolucionado así, si los seres humanos no hubieran sido animales muy sociales, pacíficos e inteligentes, animales que podían confiar verdaderamente en sus semejantes. He oído y leído muchas veces que la guerra forma parte de la naturaleza humana, pero ahora disponemos de una prueba científica de lo contrario, la naturaleza humana es pacifica. Sin duda en los inicios de nuestra especie las pequeñas comunidades humanas existentes estaban fuertemente ligadas con lazos de confianza y amistad, las guerras vinieron después, cuando ya éramos muchos y empezó a haber competencia por los recursos, o peor, cuando la amplia disponibilidad de estos, provoco el nacimiento de la codicia y el poder.


Fuentes:
http://www.muyinteresante.es/index.php?option=com_content&Itemid=29&task=view&id=130
http://revista.libertaddigital.com/articulo.php/1276229441

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